El dolor de una madre de Malvinas

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No viví la época de Malvinas. Escuché siempre historias respecto a que el pueblo apoyaba la guerra y pedía que volvieran a repatriarlas. Otras historias cuentan que no fue así, que en realidad una parte de la sociedad se manifestaba de esta manera mientras que otros sectores bregaban por la diplomacia. También leí que much@s argentin@s hacían colectas, que entregaron joyas, alimentos, chocolates y cartas de niñ@s que escribían a los soldados desde las escuelas para alentarlos a ser valientes en tan bélica osadía. Por cierto…nunca llegaron.

Hoy lo pienso en la distancia y me cuesta entender un poco esa parte, la de que en las escuelas se haya instado a los alumnos a ser parte también de esta guerra. Supongo que no sé lo que se siente que compatriotas vayan a dejar la vida por una causa que aunque parezca nacional, fue más un capricho de un presidente de facto que mataba a personas que pensaban diferente, defendiendo a rajatabla los intereses de un sistema capitalista dominado por Estados Unidos.

No pretendo entrar en esa discusión. En realidad lo que quiero decir es que no me hace falta haber sido parte de esa época, ni ser padre o madre para comprender el dolor. Para ello, sólo se necesita ser humano con sensibilidad. Y aunque la aclaración parezca tonta, no lo es. Créanme que a diario uno lee y escucha razonamientos que parecen más los de bestias que no pueden siquiera por un instante ponerse en el lugar de ese otro, y que piden sólo sangre y venganza.

Las lágrimas de una madre deben ser lo más cruel que alguien puede provocar. Esa mujer que crió a ese hijo y lo protegió del frío, lo amamantó con su propio alimento cuando tuvo hambre y tuvo quizás que pasar hambre ella para que a su hijo no le falte un pedazo de pan duro con matecocido, sintió seguramente que el alma se le desgarraba cuando vio partir a ese joven. Me pongo en ese papel y no puedo evitar que esas lágrimas caigan hoy de mis ojos de la misma forman que cayeron cada vez que escuché el relato de una madre de Malvinas. Me duele inclusive saber que les mintieron durante largo tiempo informándoles que la guerra se estaba ganando cuando en realidad la sangre de su propia sangre se vertía como ríos en esas alejadas tierras frías. Cuánto sufrimiento al enterarse que sus hijos no regresarían, y que hasta hace poco peregrinaron años y años padeciendo el dolor por lo bajo, sin siquiera un lugar dónde llorar a esos jóvenes.

Algunos partieron con una sonrisa. Imagino que la mayoría con mucho miedo. Los había adolescentes, que ni siquiera habían cumplido los 18. Muchos tampoco sabían usar un arma, o las que tenían eran obsoletas en comparación con las que traían los llegados de una potencia mundial no sólo en lo económico, sino en lo armamentístico.

Con ese dolor de madres y esa insensatez de hombres que llevaron a una guerra que era imposible ganar, me quedo. Y de allí me agarro para decir NUNCA MÁS. Un día la diplomacia nos devolverá lo nuestro. Las Malvinas nos pertenecen. Pero deseo con todas mis fuerzas que no sea a costa de más vidas, en otra guerra donde los únicos que ganan son los que fabrican armas a costa de vidas que se pierden.

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