La imagen de Macri en caída libre

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Pocos presidentes en la historia han gozado de una imagen tan positiva al asumir su mandato. Uno de ellos es Mauricio Macri, que en el 2015, y a pesar de haber ganado un ballotage ajustadísimo por apenas el 51 por ciento de los votos, un mes después tenía una aceptación social de más del 75 % de los argentinos.

Con esa fuerza, arremetió con todo a ese plan económico que traía con su equipo al que la sociedad apodó “el mejor de los últimos 50 años”. En un par de jugadas, logró desmembrar a la oposición, atrajo a los que podían hacerle sombra, y empezó a mover fichas en el tablero político cual osado jugador de ajedrez. El blindaje mediático le fue sumamente útil a la hora de perdonarle una deuda multimillonaria al padre, de la misma forma que fue una pieza clave para afrontar el escándalo internacional de los Panamá Papers, que en algunas naciones hasta produjo la debacle de las figuras estatales perjudicadas.

A todo eso y mucho más, Macri zafó. Y como un felino fue utilizando cada una de las siete vidas que se le otorgó. Si hasta logró que los argentinos pensaran que estaban demasiado bien con el gobierno anterior, y que era hora de pagar los derechos que habían ganado la década pasada.

En más de una ocasión puso contra las cuerdas al kirchnerismo, y con la complicidad de los medios hegemónicos, deslegitimaron hasta la misma política. Y eso que la ex Presidenta antes de retirarse había advertido que no venían por ella, sino por ustedes. Pero, ¿por qué? La política siempre fue una herramienta de transformación. Es cierto que en el camino much@s la utilizan para corromper y corromperse, y que esa corrupción está siempre a la orden del día de l@s que pretenden “salvarse” a costa de la sociedad. Pero sin la política no habría Estado. Y sin Estado no habría conquistas sociales. Este sistema no es el mejor. Pero es lo que tenemos, y hay que luchar contra los que quieren apoderarse de él para seguir oprimiendo a los más vulnerables en pos de sus intereses particulares.

Todos los empresarios no son “malos”, pero se rigen por las “reglas del mercado”, que no hacen más que saquear a las mayorías para concentrar riquezas en manos de unos pocos. Hay excepciones. Pero son contados con los dedos. Macri no era político. Era empresario. Y a pesar de desbaratar lo que Cambiemos llamó en su momento “la campaña del miedo”, terminó haciendo de la economía argentina una bomba de tiempo a punto de estallar.

Nadie niega que había que emprender transformaciones para que la economía siguiera creciendo y dejara su estancamiento de los últimos años del kirchnerismo. Pero la salida no era ni las recetas del FMI, ni la apertura del mercado donde no somos competitivos y los productos de afuera entran y destruyen la industria nacional, ni mucho menos sacar el “cepo al dólar”. Porque aunque no les guste, ese control que establecía el Estado sobre la economía era necesario. Sino el mercado tiende a imponer sus intereses por encima de los de la población. Y el rol estatal es de protección a sus ciudadanos.

Pero volviendo al tema de la imagen, Macri está siendo víctima de sus propias jugadas. Todas y cada una de las decisiones equivocadas, sobre todo en materia económica, nos han llevado a este plano, donde la aprobación del Presidente está algunas decenas por debajo de la que tenía cuando asumió. La estampida del dólar, las negociaciones con el Fondo Monetario Internacional, la inflación imparable, la inyección de millones diarios a la bicicleta financiera para que siga funcionando, los aumentos en las tarifas y los incrementos en los combustibles y la canasta básica de alimentos están siendo una licuadora que en cualquier momento desintegra a cualquiera; a cualquiera que no esté beneficiándose con este modelo, es decir, a un número ínfimo de financistas que ganan en medio de esta especulación.

Cambiemos tiene otro as bajo la manga: la dulce e imbatible María Eugenia Vidal. Si decide hacer uso de esa carta, habrá que recordarle a la población que Macri es Vidal, y que Vidal es Macri. Tan simple como eso.

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